Las nuevas derechas y la ruptura del ¿neoliberalismo progresista?

*Publicado originalmente en marzo de 2017 en cartaeconomica.com

El sistema capitalista global se encuentra en una fase de profunda inestabilidad, que ha llevado a su paso, una crisis de la reproducción de la vida misma, con crisis alimentarias, ecológicas, energéticas y de otras aristas que son condición mínima para el aseguramiento de la reproducción. Estas crisis, en una época en la que la polarización de la distribución del ingreso se ha expandido y las ocho personas con mayores ingresos reciben más que la mitad más pobre del mundo, ha creado también una crisis de la gobernanza y el paradigma de democracia occidental.

El capitalismo mantiene una inherente tendencia a la crisis. Las crisis más profundas del capitalismo han marcado cambios de época en cuanto a la configuración del orden social y político.

Durante las últimas décadas del siglo XIX, el tamaño de las corporaciones incrementó en paralelo con la sofisticación de su organización y procesos técnicos. Simultáneamente, los mecanismos monetarios y financieros entraron en un proceso de transformación y expansión, con el dramático desarrollo de la banca, el crédito y el dinero fiduciario. A partir de la crisis de 1890, la configuración de poder llevó a una primera hegemonía de las instituciones financieras hasta la Gran Depresión en 1929.

Es precisamente la Gran Depresión que lleva a reconfigurar el orden social mundial, dado que fue una crisis, no solo de los mecanismos del capitalismo, sino una crisis de ese primer tipo de hegemonía financiera, es decir, de las clases superiores capitalistas y sus instituciones financieras. El reacomodo de la nueva configuración de poderes en el orden social, comienza a definirse en la década de 1950, cuando se establece una alianza del poder en de cuadros ejecutivos -que toman protagonismo frente a los sectores capitalistas en el poder político- con las algunas demandas populares, construyendo así las bases del Estado de Bienestar en los países del centro, fundamentado en políticas basadas en el desarrollo teórico keynesiano.

A partir de la crisis de la década de 1970 las configuraciones de poder en el orden social vuelven a cambiar, en los países del centro la dirección la vuelven a tomar los sectores capitalistas, conformando una segunda hegemonía financiera de las clases capitalistas con las políticas neoliberales y el consenso de Washington para América Latina.

Este periodo está caracterizado por las desregulaciones de diversos ámbitos de la economía -tasa de interés, precios, comercio internacional, flujos de capitales- y el abandono del aparato estatal en las intervenciones que tenía a partir de la estrategia desarrollista implementada anteriormente, a través de las privatizaciones de empresas estratégicas de una fuerte dinámica y de servicio público.

Es una etapa de transnacionalización del capital en la que, como explica Robinson (2003), los circuitos nacionales de acumulación articulados en un mercado mundial van transformándose hacia circuitos transnacionales de producción y acumulación, a través de la transnacionalización de mercados, sistemas financieros y procesos de producción.

Por un lado, los circuitos transnacionales de acumulación subordinan todas las expresiones productivas nacionales bajo las condiciones de esta fase de la acumulación. De esta manera, se vincula la agenda del desarrollo a la penetración y expansión de las empresas transnacionales para desarrollar economías de escala e integrar diferentes modos de producción en los circuitos globales de acumulación de capital, “significa unificar al mundo en un solo modo de producción y en un solo sistema global, y guiar la integración orgánica de diferentes países y regiones hacia una economía global” (Robinson, 2003: 10).

Los circuitos de acumulación global colocan, entonces, a las grandes empresas transnacionales como las protagonistas del entramado económico-político-social.  Esto es lo que se ha venido imponiendo en América Latina y son las mismas medidas que la Troika europea recomienda aplicar en el Sur de Europa.

La configuración de poder en el orden neoliberal, está ampliamente controlada por los altos sectores capitalistas, no sólo en la dinámica propiamente económica, sino en el poder político, mediático, intelectual y en cierta medida, social.

Una vez demostrado que las políticas neoliberales tienen un límite y no son capaces de hacer llegar los beneficios del desarrollo a todos los sectores, concentrando y centralizando la acumulación de capital, se entra en una segunda crisis de la hegemonía financiera, donde una vez más, los cuadros ejecutivos cobran protagonismo en la dirección de la política pública y se comienza a conformar una nueva configuración de poder,

De modo que, la dinámica actual de la economía da indicios de sostener el proceso de sobreacumulación, mientras se expande el mercado financiero. En tanto no se logre relanzar el proceso de acumulación, a través de una fuerte pérdida en el valor del capital, se mantendrán bajos crecimientos en economías avanzadas, ralentizaciones en mercados emergentes y crisis financieras cada vez más frecuentes y severas.

En este marco, el panorama económico global se va dirigiendo a la constitución de élites cada vez más concentradas, que se manifiesta en el último informe de OXFAM que muestra como la riqueza de los 8 hombres más ricos del mundo es equivalente a la del 50% de la población mundial más pobre, es decir 3,600,000,000 (3.6 mil millones) de personas.

Estas desigualdades van creando espacios de inconformidad con el paradigma de la democracia occidental, que se han manifestado en expresiones más o menos organizadas desde diversas  perspectivas progresistas, desde manifestaciones espontáneas contra las instituciones de la Unión Europea en España, Grecia, Reino Unido, o las movilizaciones contra las grandes corporaciones financiares de Wall Street en el movimiento Occupy en Estados Unidos, hasta las conocidas empresas tomadas en Sudamérica y últimamente en España, o la institucionalización de esta inconformidad como con el partido PODEMOS en España.

Sin embargo, esta degeneración de las democracias occidentales, de baja intensidad, erosionadas por su fundamento oligárquico, por el miedo, la inseguridad, la guerra y la desigualdad, está creando también productos bastardos de los que las élites más radicales están sacando provecho. Este 20 de enero ha tomado posesión Trump como presidente de los Estados Unidos, en mayo se darán a cabo las elecciones presidenciales francesas, en las que la ultraderechista Marine Le Pen encabeza los sondeos.

Estos movimientos han tomado fuerza a partir de discursos cargados de nacionalismos xenófobos y utilizando mensajes aparentemente anti-establishment. Pero quienes se mueven detrás de estos personajes son las mismas élites que saben que necesitan mantener el control. El gabinete designado por Donald Trump, es el más rico en la historia de los Estados Unidos y con el mayor número de generales militares desde la segunda guerra mundial.

Como menciona Nancy Fraser (2017), la elección de Donald Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas que, en conjunto, apuntan al colapso de una facción de la hegemonía neoliberal.

Entre esas insubordinaciones, podemos mencionar, entre otras, el voto del Brexit en el Reino Unido, el rechazo de las reformas de Renzi en Italia, la campaña de Bernie Sanders para la nominación Demócrata en los EEUU y el apoyo creciente cosechado por el Frente Nacional en Francia.

Aun cuando difieren en ideología y objetivos, esos motines electorales comparten un blanco común: “rechazan la globalización gran-empresarial, el neoliberalismo y al establishment político que los ha promovido. En todos los casos, los votantes dicen “¡No!” a la letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado que resulta característica del actual capitalismo financiarizado” (Fraser, 2017)

Sus votos son una respuesta a la crisis estructural de esta forma de capitalismo, crisis que saltó por primera vez a la vista de todos con la casi fusión del orden financiero global en 2008.

Sin embargo, hasta hace poco, la repuesta más común a esta crisis era la protesta social: espectacular y vívida, desde luego, pero de carácter harto efímero. Los sistemas políticos, en cambio, parecían relativamente inmunes, todavía controlados por funcionarios de partido y elites del establishment, al menos en los estados capitalistas poderosos como los EEUU, el Reino Unido y Alemania. Pero ahora las ondas electorales de choque reverberan por todo el planeta, incluidas las ciudadelas de las finanzas globales.

Quienes votaron por Trump, como quienes votaron por el Brexit o contra las reformas italianas, se han levantado contra sus amos políticos. Burlándose de las directrices del capitalismo global, han repudiado el sistema que ha erosionado sus condiciones de vida en los últimos treinta años. No obstante, la victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino, lo que Fraser denomina como el neoliberalismo progresista.

Esto puede sonar contradictorio, pero se trata de un alineamiento de corrientes reformistas de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo, derechos de los LGBTI), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (finanzas, tecnología y entretenimiento).

En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización[1]. Las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el “empoderamiento”, que, en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que era la clase trabajadora con ingresos medios.

El neoliberalismo progresista se desarrolló en los EEUU durante estas tres últimas décadas. Clinton fue el principal ingeniero y portaestandarte de los “Nuevos Demócratas”, el equivalente estadounidense del “Nuevo Laborismo” de Tony Blair.

En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos proclamando orgullosos su discurso “moderno y progresista”, amante de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres.

Aun cuando la administración Clinton hizo suyas esas ideas progresistas, cortejó a Wall Street. Pasando el mando de la economía a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció tratados de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que ha entregado el Colegio Electoral a Donald Trump.

La políticas neoliberales tienen una pesada responsabilidad en el debilitamiento de las uniones sindicales, en el declive de los salarios reales, en el aumento de la precariedad laboral y en el auge de las familias con dos ingresos que vino a substituir al difunto salario familiar.

Al asalto a la seguridad social le dio lustre un barniz de carisma emancipatorio prestado por los nuevos movimientos sociales. Durante todos los años en los que los se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”.

Es precisamente la habilidad del capitalismo de montarse sobre discursos que permitan legitimar la ampliación de los circuitos de acumulación y la explotación de la clase trabajadora, mientras mantiene el centro de atención en discursos populares, pero políticamente vaciados. En lugar de un feminismo emancipador de la mujer trabajadora explotada, desvía los contenidos hacia un feminismo individualista neoliberal.

Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña elite de mujeres “talentosas”, minorías y gays en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última.

Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70.

Cuando la Nueva Izquierda menguó, su crítica estructural de la sociedad capitalista se marchitó, y el esquema mental liberal-individualista tradicional se reafirmó a sí mismo al tiempo que se contraían las aspiraciones de los “progresistas” y de los sedicentes izquierdistas.

Pero lo que selló el acuerdo fue la coincidencia de esta evolución con el auge del neoliberalismo. Un partido inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial centrado en la “voluntad de dirigir” o en “romper el techo de cristal”.

El resultado fue un “neoliberalismo progresista”, una combinación de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon los votantes de Trump. Prominentes entre los dejados atrás en este bravo mundo cosmopolita eran los obreros industriales, desde luego, pero también ejecutivos, pequeños empresarios y todos quienes dependían de la industria en el Cinturón Oxidado y en el Sur, así como las poblaciones rurales devastadas por el desempleo y la droga.

Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella.

Lo que hizo posible esa combinación fue la ausencia de cualquier izquierda genuina. A pesar de arrebatos periódicos como Occupy Wall Street, que se rebeló efímero, no ha habido una presencia sostenida de la izquierda en los EEUU desde hace varias décadas.

Ni se ha dado aquí una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro. Igualmente devastador resultó que se dejaran languidecer los potenciales vínculos entre el mundo del trabajo y los nuevos movimientos sociales. Divorciados el uno del otro, estos indispensables polos de cualquier izquierda viable se alejaron indefinidamente hasta llegar a parecer antitéticos.

Al menos hasta la notable campaña de Bernie Sanders en las primarias, que bregó por unirlos luego del relativo pinchazo de la consigna “Las Vidas Negras Cuentan”. Haciendo estallar el sentido común neoliberal reinante, la revuelta de Sanders fue, en el lado Demócrata, el paralelo de Trump. Así como Trump logró dar el vuelco al establishment Republicano.

En el momento de la elección general, la alternativa de izquierda ya había sido suprimida. La opción que quedaba era un tómalo o déjalo entre el populismo reaccionario y el neoliberalismo progresista: elijan el color que quieran, mientras sea negro.

Sin embargo, y de ahora en más, este es un dilema que la izquierda debería rechazar. En vez de aceptar los términos en que las clases políticas nos presentan el dilema que opone emancipación a protección social, lo que deberíamos hacer es trabajar para redefinir esos términos partiendo del vasto y creciente fondo de revulsión social contra el presente orden.

En vez de ponernos del lado de la financiarización-cum-emancipación contra la protección social, lo que deberíamos hacer es construir una nueva alianza de emancipación y protección social contra la financiarización.

En ese proyecto, emancipación no significa diversificar la jerarquía empresarial, sino abolirla. Y prosperidad no significa incrementar el valor de las acciones o el beneficios empresarial, sino la base de partida de una buena vida para todos. Esa combinación sigue siendo la única respuesta de principios y ganadora en la presente coyuntura.

Hay mucho que temer de una administración Trump racista, antiinmigrante y antiecológica. Pero no deberíamos lamentar ni la implosión de la hegemonía neoliberal, ni la demolición de discursos superficialmente progresistas.

La victoria de Trump significa una derrota de la alianza entre emancipación y financiarización. Pero esta presidencia no ofrece solución ninguna a la presente crisis, no trae consigo la promesa de un nuevo régimen ni de una hegemonía segura. A lo que nos enfrentamos más bien es a un periodo de transición, a una situación abierta e inestable en la que los corazones y las mentes están en juego. En esta situación, no sólo hay peligros, también oportunidades: la posibilidad de construir una nueva Izquierda.

Se necesitará reconocer parte de culpa al sacrificar la protección social, el bienestar material y la dignidad de la clase obrera a una falsa interpretación de la emancipación entendida en términos de meritocracia, diversidad y empoderamiento.

Se necesitarán pensar a fondo en cómo podemos transformar la economía política del capitalismo financiarizado, incluso reviviendo el lema de campaña de Sanders –“socialismo democrático”— e imaginando qué podría ese lema significar en el siglo XXI.

Eso no quiere decir olvidarse de preocupaciones acuciantes sobre el racismo y el sexismo. Pero significa molestarse en mostrar de qué modo esas inveteradas opresiones históricas hallan nuevas expresiones y nuevos fundamentos en el capitalismo financiarizado de nuestros días.

Rechazando la idea falsa, de suma cero, que dominó la campaña electoral estadounidense, deberíamos vincular los daños sufridos por las mujeres y las gentes de color con los experimentados por los muchos que votaron a Trump. Por esa senda, una izquierda revitalizada podría sentar los fundamentos de una nueva y potente coalición comprometida a luchar por todos.

Dados los circuitos globales de acumulación, la construcción de alternativas pasa por desarrollar mecanismos de intercambio y producción desde abajo. Esto es, procesos que se contrapongan a la propiedad privada de los medios de producción y permitan desarrollar economías comunitarias de escala, basadas en la propiedad y trabajo colectivo. De esta manera se vuelven procesos participativos de producción, donde las comunidades tienen capacidad de decisión sobre los sectores que encadenan la economía.

Referencias


[1] Se trata del auge de los sistemas financieros y sus instituciones en la estructura de poder en la sociedad, particularmente bajo una segunda hegemonía financiera luego de la crisis de 1970.

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