Economía global 2020. Un enfoque desde la Economía Crítica (I)

El 2020 se perfila como un año en el que coincidirán tensiones sociales que se vienen acumulando -relacionadas a las brechas de desigualdad y carencias de los Estados en sistemas de protección social- con una economía global que crece cada vez menos, sin recuperar los nivel anteriores a la Gran Recesión de 2009. Se acompaña también con una escalada de tensión entre Estados Unidos y Medio Oriente, que amenaza con un escenario aún más complejo.

En el decenio previo al 2009, la tasa de crecimiento promedio de la producción mundial fue de 4.1% anual. En los diez años posteriores, el promedio de crecimiento ha sido de 3.7%, según datos del Banco Mundial, y las previsiones para 2020 rondan el 3.5%. Para abordar de manera más estructural lo que implica esta dinámica, esta primera entrega está dedicada a analizar el marco sobre el que se erige este nuevo año y en una segunda analizaremos algunas variables que permitan evaluar escenarios.

La década de 1970 -sociológicamente comprendida a partir de las movilizaciones de 1968- se marca como un parteaguas en el que se hace cada vez más presente el cuestionamiento a las democracias liberales, en el que se agudizan demandas por cambios en las formas de participación y representación política, con movimientos como el de París o México. Pero también por cambios en los modos de intervención y arquitectura institucional del Estado, que se expresaba con el auge de los partidos comunistas y guerrillas revolucionarias latinoamericanas, por un lado, y con la reconfiguración del establishment político de los países del Norte Global, por el otro.

Estas tensiones, al final de la década, dejaron el golpe de Estado contra Salvador Allende y la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, la victoria electoral de Margaret Thatcher en Reino Unido y la de Ronald Reagan en Estados Unidos. Estas tres capturas de poder son la insignia de un cambio de paradigma hacia un Estado presente por sus ausencias, en el sentido que explica Santos (2010).

Roberts (2015) hace una estimación de la tasa de ganancia a lá Marx[1], para las economías del G20 desde 1950, usando datos de Penn World Tables. En la estimación de Roberts (2015) es claro el quiebre de la tasa de ganancia a partir de mediados de 1970, explicada por una crisis de sobreproducción, luego de la Etapa Dorada de postguerra. Esta estimación es coincidente con otras, realizadas por Duménil y Lévy (2011) o Kliman (2011).

Gráfico 1. Una tasa de ganancia mundial (países del G20)

Fuente: M. Roberts (2015.) Revisiting a world rate of profit. Paper for the Conference of the Association of Heterodox Economists.

El quiebre marcado de tendencia de la tasa de ganancia a lá Marx, a mediados de la década de 1970, es también coincidente con el panorama social y político convulso de esos años. Sin embargo, más allá de las consecuencias inmediatas de la crisis, tanto Roberts (2011), como otros autores Astarita (2009), Duméni y Lévy (2011) y Medialdea (2012) advierten que ese hito marcó el inicio de una gran crisis estructural del capitalismo.

La caída de la tasa de ganancia obligó a las empresas a buscar abaratar sus costos de producción. Esto lo hicieron a partir de buscar destinos de inversión para los procesos de producción donde las remuneraciones a la fuerza de trabajo sean una fracción de lo que pagaban en sus casas matrices.

Así, se amplía y generaliza una etapa de transnacionalización de capital en la que, como explica Robinson (2011), los circuitos nacionales de acumulación articulados en un mercado mundial van transformándose hacia circuitos transnacionales de producción y acumulación, a través de la transnacionalización de mercados, sistemas financieros y procesos de producción. De modo que en esta etapa la economía mundial va transformándose en una economía globalizada.

Por un lado, Duménil y Lévy (2011) identifican este punto de quiebre en la tasa de ganancia como el punto de emergencia de un orden social en el que la fracción financiera de la clase capitalista y sus instituciones financieras retoman la conducción de la economía, en compromiso con los cuadros directivos, luego que en las décadas de postguerra el compromiso era entre los cuadros directivos y las clases populares bajo las políticas keynesianas y el New Deal.

“En términos de relaciones de clase, la configuración de poder en el compromiso de las décadas de postguerra puede ser interpretado como una alianza entre los cuadros directivos (managerial class) y las clases populares, bajo el liderazgo de la primera”

(Duménil y Lévy, 2011: 17. Traducción propia).

Se configura así, una economía de circuitos de acumulación transnacionales, dirigida por los sectores financieros del capitalismo global. Estos circuitos globales de acumulación precisan de uniformizar las condiciones para la transnacionalización del capital. Bajo esta premisa se puede enmarcar el entramado jurídico de la Lex Mercatoria dictada desde organismos financieros y comerciales internacionales.

En tanto el marco regulatorio tiene a la base la preparación de condiciones para la transnacionalización del capital, su fin es asegurar la rentabilidad. Así, se pueden comprender las políticas de liberalización, privatización y desregulación de mercados, como parte de esta homogenización de condiciones.

Además, resulta importante señalar que en esta uniformización de condiciones no sólo requierían transformaciones en el ámbito estatal (politics) y políticas (policies), sino también en la idea de Estado (polity) y mercado.

Y es que los circuitos transnacionales de acumulación subordinan todas las expresiones productivas nacionales bajo las condiciones de esta fase de la acumulación. De esta manera, se vincula la agenda del desarrollo a la penetración y expansión de las empresas transnacionales para desarrollar economías de escala e integrar diferentes modos de producción en los circuitos globales de acumulación de capital, “significa unificar al mundo en un solo modo de producción y en un solo sistema global, y guiar la integración orgánica de diferentes países y regiones hacia una economía global” (Robinson, 2011: 10).

Es decir, que la etapa de transnacionalización de capital necesita de globalizar las condiciones de la inversión para los procesos de producción de las mercancías. Pero también, en la medida que se vuelve un circuito transnacional de acumulación, el lugar de realización de las mercancías se vuelve un mercado globalizado y, por tanto, requiere de uniformizar de igual forma los valores sobre los que se basan los criterios de decisión de consumo.

Si se comprende el capital como una categoría social, que define una relación de propiedad privada de los medios de producción, es evidente que a medida se expande el capital –esta  vez de manera transnacional— se profundiza una polarización en la estructura distributiva y en términos de subordinación de una clase por otra. Así, las expresiones de construcción popular, alternativa, comunitaria, se encuentran subordinadas a los criterios de funcionalidad en los circuitos globales de acumulación.

La etapa de transnacionalización de circuitos globales de acumulación configura, de este modo, un ideario colectivo construido a partir del lado existe de la línea abismal (Santos, 2010). En la medida que la tasa de ganancia no logra recuperarse, más agresiva y más violenta será la estrategia del capital para realizar las mercancías, y envolver bajo el umbral de mercancía valores de uso, esto es el fetichismo de la mercancía.

La relación social entre personas se da, bajo la forma de sociedad mercantil capitalista, en la medida existe una relación social entre las mercancías, “en la sociedad mercantil-capitalista, las personas entran en relaciones de producción directas exclusivamente como propietarios de mercancías, de cosas. Por otra parte, como resultado de esto, las cosas adquieren características sociales particulares, una forma social particular” (Rubin, 1974: 70). Este proceso lleva paralelamente al proceso de la personificación de las mercancías, en la medida que éstas adquieren una determinada forma social y permiten, por tanto, que su propietario se presente en las relaciones de producción, como personificación de dicha mercancía.

En la medida que se hace presente el fetichismo de la mercancía, aspectos propios de la persona humana, como su capacidad de trabajo, adquieren un carácter meramente material y se vuelve nada más una mercancía que entra en juego en el proceso de producción. De la misma manera, la naturaleza se presenta ante una sociedad mercantil capitalista como una mercancía más, de la cual se dispone y se rige por las características y condiciones naturales de las mercancías.

Frente a este panorama, la alternativa a este modo concreto de expresión del sistema capitalista, desde una dimensión social de las categorías, es un proceso en constante construcción, que pasa por la resistencia a esta uniformización y subordinación.

Las relaciones sociales de producción capitalistas impulsan el desarrollo de las fuerzas productivas, hasta convertirse en su propio obstáculo, “dando lugar al antagonismo y al conflicto abierto, como resultado de ese mismo desarrollo” (Astarita, 2013b).

Lejos de la visión de la totalidad abstractamente negativa (“no hay más que males”), o de la totalidad abstractamente positiva (“solo hay desarrollo lineal e infinito”), la realidad es que el modo de producción capitalista contiene en su seno la identidad y la diferencia, el desarrollo y las crisis, como aspectos indisolublemente ligados.

(Astarita, 2013a)

Bajo esta perspectiva, la confrontación con el modo de producción se genera en momentos donde se agudiza la conciencia de las contradicciones intrínsecas al desarrollo capitalista. Esto ocurre, necesariamente, luego de periodos de desarrollo de las fuerzas productivas, en tanto ese desarrollo genera el carácter contradictorio.

Así, las crecientes movilizaciones en protesta al orden actual se pueden enmarcar, en este enfoque, como parte de la conciencia de estas contradicciones. No obstante, estas expresiones carecen de posibilidades de proyecto histórico, si no cuestionan la estructura social subyacente y se limitan a demandas fragmentarias.

“Se pueden obtener algunas reivindicaciones parciales, pero enfrentar las medidas de fondo que toma el capital para ganar “competitividad” requiere un programa radical. En última instancia, las movilizaciones son un producto de la contradicción que subyace a todas las relaciones sociales, la que existe entre el capital y el trabajo; por lo tanto, las causas de fondo que llevaron a la gente a las calles subsistirán, en tanto se mantenga el actual régimen social”

(Astarita, 2013b).

A pesar de los aciertos y desaciertos de los planteamientos analizados (y otros que no fueron incluidos), su relevancia radica en la sistematización de propuestas que intentan romper con la visión convencional, dominante en el ideario colectivo.

“Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, (…) estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización.”

(Marx, 2001ed)

De este modo, la idea de Fredric Jameson, que “hoy nos parece más fácil imaginar el deterioro profundo de la tierra y de la naturaleza que el colapso del capitalismo”, está en sintonía con la uniformización de condiciones para asegurar el capitalismo transnacional. La producción de la no existencia del otro lado de línea abismal, que ha silenciado otras visiones de mundo, ha llevado también al secuestro de la capacidad de darle imagen a una alternativa postcapitalista y, por tanto, al no vislumbrar condiciones materiales para la existencia de un mundo no capitalista, el imaginario colectivo se construye sobre la base de las imágenes mucho mejor definidas de lo que implica el colapso ambiental.

Resulta necesario entonces, hacer alusión de nuestro derecho al delirio e imaginemos otro mundo posible, como recuerda Eduardo Galeano. Un mundo más concreto que imaginario, con expresiones e iniciativas ya trabajando.

Las comunidades campesinas que trabajan por avanzar hacia prácticas agroecológicas bajo el paradigma de la soberanía alimentaria. El proceso de compartir saberes de forma horizontal, compartir recursos tan simbólicamente cargados como las semillas originarias, compartir espacios de trabajo y lucha, se vuelve una forma de resistencia a los mercados alimentarios globales controlados por los organismos genéticamente modificados y la variedad de agro tóxicos desarrollados y expandidos por Monsanto, Syngenta o DuPont.

El reconocimiento de las prácticas y creencias de nuestros pueblos originarios, con espacios como la Universidad Maya Kaqchikel o las Universidades Indígenas Interculturales que permiten espacios para la descolonización del pensamiento. La lucha por la tierra, como el pueblo Kaqchikel de Chuarrancho en Guatemala, que logró el reconocimiento legal de la Corte Suprema sobre la propiedad comunal de las tierras, frente a las aspiraciones de transnacionales de colocarse en los territorios.

Puntos de Cultura que permitan ir construyendo autonomía y protagonismo socio-cultural de los pueblos. Una Cultura Viva Comunitaria que mueva hacia el respeto y valoración de las personas de la propia comunidad, nuevas formas de alianza entre el Estado y la sociedad, fortalecimiento de la autonomía, conexión en red, intensificación del intercambio de saberes y oficios, liberación de sueños y energías creativas a través del arte o las ciencias.

Recolocar al sexo como una categoría política, más que otra mercancía para el consumo. Con ello cuestionar los esquemas patriarcales de sociedad y modelos de familia. Cuestionar los privilegios del ‘ser hombre’ y reivindicar el valor de ‘lo femenino’ desde la organización social misma y las relaciones de poder funcionales a los modelos de acumulación. Mover la concepción del amor, del cliché romántico hacia una decisión de aportar para superar los límites para la construcción de una realidad compartida.

Ampliar la visión socioeconómica del mundo, mediante la integración todos los trabajos necesarios, remunerados o no, para la subsistencia, el bienestar y la reproducción social. Esto implica poner en el centro del análisis la vida, desplazando el análisis instrumental de costo-beneficio que coloca en el centro a los mercados, los beneficios y el crecimiento.

La construcción de lo comunitario se vuelve, entonces, la herramienta política de resistencia al capitalismo transnacional. La proyección utópica de la concreción de un orden económico social no capitalista constituiría su principal inspiración. La alegría rebelde de los pueblos en resistencia, su fuerza impulsora.

Bibliografía

  • Astarita, R. (2009). El capitalismo roto: anatomía de la crisis económica. Madrid: La linterna sorda.
  • Astarita, R. (2013a). Acerca de la crítica marxista del capitalismo. Obtenido de Rolando Astarita [Blog]: http://rolandoastarita.wordpress.com/2013/07/07/acerca-de-la-critica-marxista-del-capitalismo/
  • Astarita, R. (2013b). Capitalismo, movilizaciones, programa. Obtenido de Rolando Astarita [Blog]: http://rolandoastarita.wordpress.com/2013/06/30/capitalismo-movilizaciones-programa/
  • Duménil, G., & Lévy, D. (2011). The crisis of neoliberalism. Cambridge, Mass.: Harvard University Press.
  • Foster, J. B. (2010). The Financialization of Accumulation. Monthly Review, Vol. 62. Obtenido de http://monthlyreview.org/2010/10/01/the-financialization-of-accumulation
  • Kliman, A. (2011). The Failure of Capitalist Production: Underlying Causes of the Great Recession. Londres: Pluto Press.
  • Marx, K. (2001). Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859). Marxists Internet Archive. Obtenido de http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm
  • Medialdea, B., & Sanabria, A. (2013). La financiarización de la economía mundial: Hacia una caracterización. Revista de Economía Mundial, 195-227.
  • Roberts, M. (2015). Revisiting a world rate of profit. Paper for the Conference of the Association of Heterodox Economists.
  • Robinson, W. (2011). Conflictos transnacionales: Centroamérica, cambio social y globalización. San Salvador: UCA Editores.
  • Rubin, I. I. (1974). Ensayo sobre la teoría marxista del valor. México: Pasado y Presente.
  • Santos, B. d. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo, Uruguay: Trilce.

[1] La tasa de ganancia a lá Marx calculada por Roberts se basa en la relación propuesta por Marx plusvalor/(capital fijo+capital variable) y utiliza como indicadores en categorías de cuentas nacionales la relación (PIB-Masa salarial)/(Stock neto de capital fijo+Masa salarial) utilizando para cada variable monetaria Precios de Paridad de Compra 2005.

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